no le saca la vuelta a la ley

A cada rato

Publicado: 2013-05-05

“Los atentados de Boston representan una escena dolorosa que ocurre a diario en Siria. Acepten nuestras condolencias.” El mensaje esta escrito en inglés, en una tela blanca, con una buena tipografía y en letras negras. La sostienen algo menos de veinte personas, la mayoría muy jóvenes, frente a un edificio con evidentes síntomas de estar destruido por la guerra. La foto es fácil de encontrar en internet, por donde ha circulado a partir de la cuenta de twitter de un ciudadano sirio hasta colarse en varios medios de todo el mundo, desde México hasta Malasia, pasando por la BBC.

Kafr Nabl, donde se realizó la foto, es una pequeña población Siria que apenas alcanza los 16.000 habitantes, situada en el noroeste del país y en manos “rebeldes” de una guerra en la que es difícil enterarse de por dónde van exactamente los tiros informativos -los que cuentan lo que pasa en el terreno- por impedimento de los dos bandos. Lo que sí parece saberse, es que los tiros que matan y destruyen han alcanzado ya a más de 40.000 personas, en un conflicto que comenzó en 2011. La población civil es la principal víctima de los ataques, un dato que no niegan ninguna de las dos partes, abstraídas en ver quién se lleva una partida que no pinta muy bien por ningún lado.

El embajador de Estados Unidos en España publicaba hace unos días una carta en varios medios de comunicación españoles agradeciendo la solidaridad del mundo alrededor del atentado ocurrido durante la maratón de Boston. Una nueva acción de unos pirados de los que todavía no se sabe a ciencia cierta si realizaron la masacre con la careta de la religión, de la supremacía racial o de Batman. Dice el señor embajador que le ha resultado especialmente emotiva una foto que ha recibido de un colega desde Afganistán, en la imagen -según cuenta- aparece varias personas con carteles que dicen “Kabul quiere a Boston”. Diplomáticamente hablando, el embajador se apunta dos pájaros de un tiro: la condolencia y el agradecimiento.

Según un informe de la ONU presentado hace un mes, 14.728 personas “no combatientes” han muerto en Afganistán desde 2006. Las condolencias son mejor recibidas que las advertencias. Los opositores a las guerras rara vez son escuchados, mucho menos si se trata de los que luego van a sufrirlas. De Afganistán, de Irak y de muchas otras partes llegaron postales pidiendo otras salidas, pero ninguna se seleccionó entre las que había que tener en consideración encima del escritorio. En Siria parece que ceguera y olvido tuvieron el suficiente margen para que la cosa fuera cada vez a peor, mientras tanto allí también se acumulan las víctimas “no combatientes” provocadas por la miopía y el desinterés.

En Guatemala se juzga estos días los desfases de sucesivos gobiernos que entre 1960 y 1996 gobernaron el país en las palmitas de las compañías de frutas extranjeras, de inversiones foráneas, de los privilegios de un 3% de la población blanco Colón y de diferentes presidentes de Estados Unidos. Los militares, que administraban la finca, asesinaron a miles de personas inocentes: indígenas, maestros, sindicalistas, amas de casa, sacerdotes... Muchas veces de forma extremadamente cruel e inhumana. Cuenta el corresponsal de El País, José Elías, que el actual presidente del país centroamericano, Otto Pérez Molina, estaría detrás del múltiples asesinatos (según un testigo protegido) cuando dirigía un destacamento de desalmados: “En cierta ocasión a una mujer de 78 años que tenía una cabellera que le llegaba hasta la cintura, le cortaron la cabeza y, tras exhibirla como trofeo, la llevaron al comedor y la colocaron sobre una mesa, para asustar a las cocineras” relata el testigo, que fue miembro de esos escuadrones de violaciones y cacerías. Un amigo que acaba de regresar de Guatemala, donde ha desarrollado un trabajo de observador de derechos humanos, me cuenta que uno de los problemas para juzgar por genocidio a Ríos Montt es que es precisamente el vecino del norte se niega a aportar documentación que sería concluyente para acabar con el otrora tirano y sus cobardes compinches. La impunidad de entonces se sigue paseando indisimuladamente con la proyección del que vende las gafas de sol para evitar la luz.

Dzhokhar Tsarnaev tenía diez años cuando ocurrió la masacre en la escuela Beslán, su hermano quince. El uno de septiembre del 2004 un grupo de treinta terroristas chechenos secuestró una escuela al completo en Osetia del Norte (Rusia). En los dos días siguientes los acontecimientos confusos generaron un ambiente abrasivo entre todas las partes. Los más afectados fueron el casi un millar de secuestrados y sus familias que les esperaban en el exterior de la escuela. El tres de septiembre se produjo el asalto al colegio, intervinieron del lado ruso: fuerzas especiales, el ejército regular, tropas del Ministerio de Interior, helicópteros de combate y, por lo menos, un tanque. El resultado de la operación fue 370 muertos (171 de ellos niños), alrededor de 200 desaparecidos y cientos de heridos. El colegio quedó reducido a cenizas. Unas cifras a sumar a la larga lista de muertos en Chechenia desde 1996. Un conflicto denunciado desde el primer día por organismos internacionales por su brutalidad y falta de respeto al derecho internacional. La periodista Anna Politkovskaya denunció los excesos reiterados del ejército ruso en esa región del caúcaso. El 7 de octubre de 2006 fue asesinada en Moscú, sus relatos eran incómodos para un gobierno de manga ancha y gatillo fácil que no quiere testigos.

Sobre el apoyo histórico de Estados Unidos a la causa guatemalteca es ilustrativo lo que cuenta Noam Chomsky en Cómo funciona el mundo (Editorial Clave Intelectual). Chomsky es profesor emérito e investigador en el Instituto Tecnológico de Massachussets, muy cerca de donde Dzhokhar y Tamerlan Tsarnaev, los autores de la matanza en la maratón de Boston, vivían. “Bajo la administración Reagan, el apoyo al genocidio en Guatemala continuó imperturbable. El más furibundo admirador de Hilter, Ríos Montt, era apoyado y elogiado por Reagan como un hombre enteramente dedicado a la causa de la democracia. A principios de los años ochenta, el amigo de Washington masacró a decenas de miles de guatemaltecos, la mayoría indígenas de las montañas, mientras un número incontable era torturado y violado. Grandes zonas fueron diezmadas”. La obsesión de Reagan porque “el comunismo” no se instalara en lo que se llamó la trastienda de Estados Unidos fue encomiable. Su huella se encuentra tras las atrocidades cometidas en Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador... En la misma tradición de amistad aplicada poco antes en Uruguay, Argentina o Chile, con el dictador más fotogénico de la época: Augusto Pinochet.

Precisamente “nuestro mejor hombre en Europa”, como dijo Ronald Reagan de La Dama de Hierro, se hizo una serie de fotos muy elocuentes con Pinochet en Londres en 1998, cuando el chileno estaba a la espera de una resolución sobre la solicitud de extradición de España para ser juzgado por sus crímenes. La mutua admiración de la pareja venía de antes. El economista austriaco Fredrich Hayek, considerado como el mentor intelectual de Thatcher, visitó Chile para conocer el experimento económico de Pinochet a principios de los años '80. Una propuesta de economía de mercado que había aflorado bajo la protección y asesoramiento de la Escuela de Chicago. Thatcher objetó ante las maravillas de una economía que primaba el beneficio privado frente a la equidad social, que en el Reino Unido era complicado lograr "un alto grado de consentimiento" como en Chile. Podría parecer una broma, pero no lo fue. Los mineros ingleses, los vecinos católicos de Derry en Irlanda del Norte o los contribuyentes que se manifestaron contra el Poll Tax en toda Gran Bretaña saben bien cómo intento implementar el concepto “grado de consentimiento” la primera ministra británica. Ante las cámaras, en 1998, justificó esa foto macabra con Pinochet, por la ayuda prestada por el muchacho chileno durante la Guerra de las Malvinas. El saldo final de aquella intervención militar alejada de la costa británica fue de 649 militares argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños muertos.

El columnista del diario The Guardian, Gleen Greenwald, se preguntaba, tras los sucesos de Boston, por el tratamiento mediático y judicial de los hermanos Tsamaev. “En los últimos dos años, Estados Unidos ha sido testigo de, por lo menos, otros tres episodios de violencia masiva e indiscriminada, que mataron más gente que las bombas de Boston: en Tucson, Jared Loughner disparó a 19 personas (entre ellas la congresista Gabrielle Giffords), seis murieron; en el cine Aurora los disparos de James Holmes provocaron 70 personas heridas, 12 de las cuales murieron; y en la escuela de primaria de Sandy Hook, los disparos de Adam Lanza provocaron la muerte de 26 personas (20 de los cuales eran niños). Casi nunca se utilizó la palabra "terrorismo" para describir esas matanzas indiscriminadas de inocentes, y ninguno de los autores de los atentados fue acusado de delitos relacionados con el terrorismo”.

Apenas un par de días después de los atentados de Boston, en Afganistán, la CIA fue acusada por el gobierno afgano de ser responsable de un ataque aéreo estadounidense que provocó la muerte de diecisiete civiles, entre ellos doce niños. Preguntado el secretario de prensa de la Casa Blanca, Jay Carney, si se puede considerar al ataque como una forma de terrorismo igual que había declarado el presidente Obama con lo ocurrido en Boston, Carney respondió: “Bueno, tendría que tener más información acerca del incidente y obviamente el Departamento de Defensa debería tener las respuestas a sus preguntas sobre este asunto”. La declaración en rueda de prensa no aportaba fotografías concluyentes para el portavoz de la Casa Blanca, mejor obviar las preguntas incómodas o jugar al despiste. Lo que el público demanda son certezas y postales de amor. Los hermanos Tsamaev son “terroristas”, el resto depende del lugar, las circunstancias y su origen étnico.

En Kafr Nabl es probable que estén preparando la sábana sobre la que escribir su próximo mensaje. Lo colgarán en la red con voluntad de que su fotografía llame la atención. Parece improbable. Al contrario, es posible que algún día no aparezca por allí el fotógrafo, los fotografíados o el que llevaba los materiales para el diseño de la reivindicación, desaparecidos en medio del anonimato sin que casi nadie les eche en falta. Sin embargo serán tan protagonistas de esta historia como los cuatro muertos y ciento y pico heridos de Boston, víctimas de unos miserables que crecieron rodeados de una doble moral consentida que tiene distintos revelados en función de dónde y quién haga la foto.

En la película Babel (Alejandro González Iñarritu, 2006) se cuenta una historia circular que afecta a una pareja de turistas estadounidenses de viaje por Marruecos. Lo que allí acontece alrededor del disparo de un chico en las montañas del Atlas marroquí tiene que ver con otras circunstancias complejas que se producen en Estados Unidos, Japón o México. En la crítica cinematográfica que en su día publicó Javier Ocaña para el diario El País señalaba: "Un retrato del estado del mundo, una portentosa historia que quizá se estudie dentro de 50 años como muestra de la psicosis que acechaba a las civilizaciones en un tiempo cargado de pesimismo”. A este paso dentro unos años sólo podrán estudiar unos pocos elegidos y parece poco probable que la perspectiva de entonces entierre la psicosis actual. En cualquier caso queda la esperanza de que así sea, para el bien de todos.


Escrito por

Jacobo Rivero

Periodista. Autor de 'Altísimo. Un viaje con Fernando Romay' y 'El Ritmo de la Cancha'. Otros en preparación. Voy donde puedo.


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